10/01/05

 


LA CONQUISTA DEL CERVINO

 

 

 

 

 

 

 

Cuánta fuerza tuvo que ser

necesaria para destruir y eliminar las

partes que faltan de las montañas!

Ésta no la vemos rodeada de montones

de fragmentos, pues sólo divisamos

otros picos, como ella arraigados

en la tierra y cuyos lados, igualmente

cortados, indican la desaparición de

una inmensa masa de residuos. En

los contornos, estos residuos en

forma hoy de guijarros, piedras y

arena llenan valles y llanuras.

HORACE BENEDICT DE SAUSSURE

 

 

 

 

1861 Mi Primer Intento de Escalar el Monte Cervino.

 

En los Alpes había dos cumbres que, por permanecer vírgenes aún, excitaban mi admiración. Una de ellas fue objeto de repetidos intentos de buenos montañeros, sin resultado. La otra, rodeada de una tradición de montaña imposible, apenas había sufrido asaltos. Estas cumbres eran el Weisshorn y el Monte Cervino, llamado Matterhorn en Suiza.

Yo había visitado en 1861 el gran macizo del Dauphiné, y después pasé diez días errando por los valles vecinos, con el propósito de intentar el ascenso a las dos referidas cumbres. Corrían rumores de que el primero había sido ya alcanzado y de que el segundo iba a ser el objetivo de un asedio desde Italia. Tales rumores se confirmaron cuando llegué a Châtillon, a la entrada de Valtournanche. Así, mi interés por el Weisshorn cesó, pero en cambio, aumentaron mis deseos de escalar el Cervino al saber que mi compatriota el profesor Tyndall estaba en Breuil y quería coronar su primera victoria con esta otra, aún mayor.

Hasta el momento mis experiencias en cuestión de guías no habían sido afortunadas y, por tanto, me inclinaba a estimar en poco su valía. Los guías no dejaban de parecerme gentes que servían sólo para indicar los caminos a costa de consumir mucha bebida y pedir mucha comida; fuera de esto, para muy poca cosa más. Recordaba mi caso en el Monte Pelvoux y hubiera preferido, allí, la compañía de un par de compatriotas míos a la de cualquier número de guías (1).

Esta vez me acompañaba un hombre del país, pero él mismo me había dicho, honradamente, que no era muy experimentado en la montaña. Por esta causa en Châtillon solicité otro guía y comparecieron una serie de sujetos cuyos rostros expresaban malicia, envidia, soberbia, odio y truhanería de todo género, como desprovistos de cualquier buena cualidad. Entonces llegaron dos viajeros con un guía del cual se afirmaba era el hombre más adecuado para intentar la escalada del Cervino. Pude contratarlo y creí innecesario el servicio de los otros. Aquel guía resultó ser hombre de gran corpulencia. Pero en realidad, no logré exactamente lo que deseaba, y lo que sí tuve fueron gastos superfluos al hacerme cargo de los sueldos de sus anteriores clientes y del precio de dos días de regreso, y total para nada, porque me dejó antes de llegar al pie del Cervino.

Antes de llegar a Breuil —la última aldea del valle—, pregunté por otro guía entendido, y los buenos conocedores, al unísono, me indicaron que Jean Antoine Carrel, del pueblecillo de Valtournanche, pasaba por el más experto del valle en tal sentido. Busqué a Carrel y me hallé ante un hombre bien conformado,

de resuelta apariencia, cuya presencia atraía, aunque con cierto aire provocador. Le llamaban "el bersaglière" porque había estado en este cuerpo del ejército italiano.

Carrel me inspiró confianza y estaba dispuesto a acompañarme con la condición de cobrar veinte francos diarios, fuera cual fuese el resultado del intento. Además, me obligaba a contratar también a un amigo suyo. Asentí en el precio e inquirí el motivo de la segunda exigencia. Contestó que era imposible realizar

la empresa sin otro hombre. Mientras hablaba así, surgió un hombre de semblante torvo que resultó ser el amigo de Carrel. Me gustó muy poco y puse objeciones a lo que me imponían. Se rompieron las negociaciones y yo proseguí con mi único acompañante hacia Breuil, lugar muy pequeño pero de gran importancia, que se hallaba al pie del extraordinario pico cuya ascensión quería yo intentar (2).

Es innecesario que describa ahora minuciosamente el Monte Cervino, dado lo mucho que se ha escrito sobre tan famosa cumbre. Las personas que lean este libro sabrán, sin duda, que dicho monte se eleva unos 4.480 metros sobre el nivel del mar y que su cima campea sobre cuatro laderas muy abruptas (que pueden, con justicia, denominarse paredes o precipicios). La cumbre está a unos 1.500 metros por encima de los glaciares que rodean su base (3).

Sabrá también el lector que el Cervino era el último gran pico alpino que permanecía inescalado, y ello era no tanto por la dificultad de conseguirlo como por el temor que inspiraba su aspecto realmente impresionante. Era como si estuviera rodeado de una barrera invisible más allá de la cual fuera imposible el paso. Existía la creencia de que, dentro de aquella línea, se hallaban unos seres misteriosos, como gnomos maléficos, el "judío errante" y las almas de los condenados... Los supersticiosos naturales de los valles contiguos creían firmemente en estos seres, y además estaban convencidos de que el Cervino era el monte más alto, no ya de los Alpes, sino del mundo. Y algunos aseguraban que en la cumbre existía una ciudad en ruinas, todavía habitada por espíritus. Si te reías oyéndolos, movían la cabeza con gravedad, anunciando que si lográbamos subir ya veríamos las torres y murallas de la supuesta población, y daban advertencias contra la tenacidad de acercarse bruscamente a la montaña, añadiendo que los demonios de aquellas inexpugnables alturas podían tomar enfurecida venganza por nuestra poca fe.

Así eran las tradiciones de la gente de la región. Incluso mentalidades sólidas padecían el influjo de la maravillosa forma del Cervino, y hombres que ordinariamente hablaban y escribían como seres racionales, parecían perder el seso al mirar el Cervino, y olvidando la formación lógica de las montañas, se entregaban a declamaciones y expresiones rapsódicas. Cien años antes, el discreto Saussure ya se entusiasmó viendo la montaña, e inspirado por su aspecto, se anticipó a las especulaciones de posteriores geólogos y escribió las impresionantes frases con que he encabezado este capítulo.

El Monte Cervino ofrece un aspecto igual de imponente desde cualquier lado que se le mire. Nunca deja de parecer extraordinario. En este sentido, y en el de la impresión que causa a quienes lo ven, ocupa un lugar aparte en materia de montañas. Ninguna de los Alpes rivaliza con ella, y pocas hay en el mundo que se le puedan comparar (4).

Los 2.000 ó 2.500 metros de altura que alcanza el pico sobre el valle, comprenden varias pendientes con aristas bien definidas y otras muchas que no lo son tanto. La más continua es la que conduce hacia el nordeste (Suiza). En su parte más alta se halla la cumbre del monte, y la arista baja bruscamente hasta un pico menor, llamado Hörnli, situado en su extremo más bajo (5). Otra arista muy pronunciada desciende desde la cumbre hacia el Suroeste, llamada Furggengrat; el segundo crestón de la montaña. La ladera comprendida entre esas dos aristas citadas es la llamada falda oriental. Una tercera arista, algo menos continua que las otras, desciende en dirección suroeste. Entre este lomo del monte y el Furggengrat se extiende la parte del Cervino que se ve desde Breuil (6). Tal parte no se compone de una ladera vasta, sino que está quebrada por una serie de grandes paredones rocosos separados por zonas de nieve y con canalizos llenos de nieve también.

La tercera arista del monte, la que mira al glaciar Zmutt, no permite tan sencilla definición: tiene precipicios aparentes, aunque no reales; precipicios absolutos; precipicios que parecen colgar sobre la ladera; glaciares comunes; glaciares colgados; glaciares que elevan grandes seracs de hielo sobre escarpaduras mayores aún y cuyos fragmentos se desprenden, se precipitan, se truecan de nuevo en parte del glaciar. Tiene aristas hendidas por los hielos que, desgastadas por las lluvias y fundidas por las nieves, se convierten en agujas y pináculos... Por todas partes resuenan allí incesantes crujidos, delatores de que aún se hallan en plena actividad las causas que empezaron a operar desde el principio del mundo, reduciendo masas poderosas a átomos y rebajando gradualmente, las montañas.

La mayoría de los visitantes ven por primera vez la montaña desde el valle de Zermatt o desde el de Valtournanche. Desde el primer lugar mencionado, se divisa la base de la montaña en su parte más estrecha, y así, faldas y paredes parecen prodigiosamente pinas. Los turistas caminan con esfuerzo valle

arriba, buscando a menudo la grandiosa perspectiva que ha de recompensar sus afanes. Pero no la ven porque, por esta dirección, la montaña sólo se avista por primera vez a cosa de una milla al norte de Zermatt. De repente, al doblar un rocoso recodo del camino, la montaña surge, aunque no en el sitio que se la espera, y ha de alzarse el rostro para contemplarla (7). En tal instante, el Cervino parece elevarse casi a plomo sobre quien lo admira. Ésta es la impresión que se recibe; pero, de hecho, la cumbre del Cervino forma, respecto a la vista, un ángulo menor de dieciséis grados. En cambio, desde el mismo lugar, el Dom (8) forma un ángulo mayor, aunque ello pasa inadvertido en una impresión visual, si no se mide con aparatos de exactitud. La misma montaña, vista desde Breuil o Valtournanche, por Italia, es igual de grandiosa, pero causa inferior sensación, porque el espectador se ha acostumbrado a verla según ha ido subiendo por el valle. Visto desde esta dirección, el Cervino se muestra dividido en una serie de masas piramidales como enormes escalones.

Por otro lado es de notar la vasta e ininterrumpida sucesión de cortados que presenta el monte y la sencillez de sus contornos.

Era, pues, natural suponer que se hallaría más facilidad de paso hacia la cúspide subiendo por las laderas italianas, que por las suizas. La cara oriental, la que da a Zermatt, parece una superficie lisa e inaccesible desde la base a la cumbre, y los tremendos precipicios que miran al glaciar Zmutt impiden todo intento en esa dirección. En consecuencia sólo quedaba el lado de Valtournanche y Breuil, y como se verá, todos los intentos iniciales se realizaron por aquella parte. Los primeros intentos de ascender al Monte Cervino habían sido, según mis referencias, llevados a cabo por guías —o, mejor dicho, por cazadores— de Valtournanche (9). Tales intentos se realizaron en 1858-59, partiendo desde Breuil, y el punto más alto que se alcanzó vino a ser el lugar que nosotros llamaríamos más tarde la Chimenea, a unos 3.900 metros de altitud. En esas expediciones intervinieron Jean Antoine Carrel, Jean Jacques Carrel, Víctor Carrel, el Abbé Gorret y Gabriel Maquignaz. No pude obtener, ni logré más tarde saber detalles

sobre tales intentos.

El asalto siguiente fue muy notable, y no hay tampoco sobre él ningún relato publicado. Lo realizaron, en julio de 1860, los hermanos Alfred, Charles y Sandbach Parker, de Liverpool. Estas personas, sin ayuda de guías, trataron de asaltar la montaña por su vertiente suiza, a la que me referí describiéndola como una superficie lisa e impracticable en aparienca. El señor Sandbach Parker me informó de que él y sus hermanos siguieron la arista que nacía en el Hörnli y seguía hacia la cumbre del monte, hasta un punto donde el ángulo ascendente se acrecienta de modo considerable. Tal punto está marcado en el mapa de Suiza hecho por Dufour con la altura de 3.298 metros. Desde allí, los hermanos hubieron de torcer algo a la izquierda, entrando en la pared este de la montaña y, girando luego a la derecha, subieron unos doscientos diez metros más, manteniéndose en la arista mientras les era posible. De vez en cuando se tenían que desviar un poco a la izquierda, esto es, hacia la cara este, la lisa de la montaña.

Los Parker habían salido de Zermatt sin propósito de pasar la noche fuera. Las nubes, los fuertes vientos y la falta de tiempo impidieron a aquellos hombres audaces continuar más allá. El punto más alto que alcanzaron se hallaba a menos de 3.700 metros.

El tercer intento de escalar la montaña lo efectuó, a fines de agosto de 1860, el señor Vaughan Hawkins (quien, ignorando los anteriores intentos de escalada, habla del suyo como del primero). Partió del lado de Valtournanche. En "Vacaciones de Turismo" (10) Hawkins da un vívido relato de su intento. Éste intento lo ha citado varias veces el profesor Tyndall en las numerosas publicaciones con que ha contribuido a la literatura alpina, y por ello pasaré sobre esto tan concisamente como pueda. El señor Hawkins había inspeccionado el Monte Cervino en 1859 con el guía J. J. Bennen, llegando a creer que la arista suroeste, la italiana, les conduciría directamente a la cumbre. Ajustó los servicios de J. Jacques Carrel, que había participado en el primer intento y, acompañado además por Bennen y por el profesor Tyndall (a quien Hawkins había invitado a participar en la expedición), salió con el propósito de salvar la brecha que mediaba entre el picacho anterior y la cumbre (11). Bennen era un guía suizo de quien por entonces se empezaba a hablar. Durante la mayor parte de su breve carrera estuvo al servicio de Wellig, entonces propietario de la fonda situada sobre el Eggishorn; Wellig cedía a Bennen a los turistas. Realmente la experiencia de Bennen era limitada pero había adquirido buena reputación. Tengo a la vista (por amabilidad del señor F. F. Tuckett, su propietario) el libro de los servicios de aquel guía, y todos los comentarios de los clientes demuestran que quienes lo empleaban le tenían en estima. Era hombre de buena traza, de maneras corteses y señoriles, diestro y audaz. Hubiera podido sobresalir entre los guías de haber poseído más prudencia. Murió miserablemente, en la primavera de 1864, en una montaña llamada Haut de Cry, en el Valais, no lejos de su propia casa.

El grupo de Hawkins, guiado por Bennen, escaló las rocas adosadas al Corredor du Lion por el Sur y alcanzó el Col du Lion, no sin dificultad. Siguiendo la arista del suroeste, ganó el punto al que habían llegado los anteriores exploradores, la Chimenea, y subió unos cien metros más. Allí se detuvieron Hawkins y J. J. Carrel, mientras Tyndall y Bennen ascendían todavía algunos más. Pero a la media hora se retiraron, juzgando que tenían poco tiempo, y en el descenso siguieron el camino que habían llevado a la subida, continuando esta vez hacia Breuil por el Corredor du Lion y no por las rocas que salvaran antes. La descripción de Hawkins permite identificar con facilidad el punto a que llegaron entonces. Su altura es de 3.962 metros sobre el nivel del mar. Opino que Bennen y Tyndall, en  el corto rato que estuvieron separados de sus compañeros, no debieron subir más de quince o dieciocho metros, porque aquel paraje es de los más difíciles de la montaña. Así, esta expedición logró una ganancia de cien a ciento veinte metros lineales sobre la anterior.

Que yo sepa, Hawkins no repitió el intento. El siguiente fue también de los hermanos Parker, en julio de 1861. De nuevo partieron de Zermatt y, por la ruta recorrida el año anterior, ascendieron algo más. Pero, detenidos otra vez por la falta de tiempo, regresaron a Zermatt, de donde se fueron al poco tiempo obligados por el mal estado atmosférico, y ya no renovaron sus intentos. El señor Parker me aseguró más tarde: "No llegamos, en modo alguno, tan arriba como pudiéramos haber llegado. Desde el punto en que emprendimos el regreso divisábamos una trepada fácil por espacio de unas decenas de metros. Más allá, parecían crecer las dificultades". Puedo pensar que ambos intentos fueron emprendidos como simples excursiones, con miras a precisar si había posibilidades de realizar por aquel lado nordeste un intento serio, mejor preparado.

Mi guía y yo llegamos a Breuil el 28 de agosto de 1861, y supimos que el profesor Tyndall había examinado la montaña en todas direcciones. A mí me parecía —a pesar de ser un novicio — que escalar la montaña en veinticuatro horas era cosa difícil. Mi propósito, pues, era pernoctar al raso lo más arriba que se pudiera y alcanzar la cumbre al siguiente día. Nos esforzamos en hallar un hombre más para acompañarnos, pero sin éxito. Estaban allí entonces Matthias zum Taugwald y otros guías bien conocidos, mas se negaron en redondo a ir con nosotros. Un hombre recio y de edad, llamado Peter Taugwalder dijo que iría... ¡por doscientos francos! Le pregunté si cobraría lo mismo tanto si llegábamos como si no, y repuso que tal era su condición y que no iría por menos.

En resumen, todos los guías más o menos capaces para la escalada mostraban fuerte tendencia a no acompañarnos, tendencia que guardaba mucha proporción con sus capacidades respectivas. Cuando no se negaban, pedían un precio prohibitivo. Digamos de una vez que ésa era la razón del fracaso, hasta el momento, de los intentos de trepar el Monte Cervino. Los guías buenos eran llevados, uno tras otro, al pie de la montaña y se les procuraba persuadir para que subiesen, pero todos declinaban participar en el asunto (con la excepción de Bennen). Y la causa consistía en que todos, menos uno a quien ahora me referiré, juzgaban enteramente inaccesible la cumbre de aquella gran montaña. Resolvimos ir solos y, suponiendo que pasaríamos frío durante la noche, pedimos dos mantas prestadas al posadero. Éste nos las negó, con el curioso argumento de que nosotros habíamos comprado una botella de coñac en un establecimiento distinto al suyo. Al parecer, su regla era ésta: o se le compra a él el coñac o no presta mantas. Mas no las necesitamos aquella noche, porque dormimos en el más alto de los establos de vacas que hay en el valle y que está como una hora más próximo a la montaña que la posada. Los vaqueros eran gente amable, rara vez molestados por los turistas, y acogieron nuestra compañía con placer e hicieron todo lo posible para facilitarnos comodidades. Sacaron sus repuestos de víveres sencillos y nosotros nos sentamos con ellos en torno a una humeante vasija de cobre que colgaba sobre la lumbre, y escuchamos las advertencias que, con voz ruda y buen propósito, nos daban acerca de los peligros de los embrujados precipicios.

Al anochecer vimos, moviéndose por la ladera, las figuras de Jean Antoine Carrel y su amigo, el de semblante turbio.

—¡Hola! —dije— ¿Se han arrepentido ustedes?

—Se engaña usted.

—Entonces, ¿qué hacen aquí?

—Vamos a subir mañana a la montaña nosotros mismos.

—Entonces ya veo que no es necesario ser más de tres.

—Para nosotros no.

Admiré su osadía y me sentí fuertemente tentado a contratar sus servicios, pero, al fin, decidí no hacerlo. El amigo de semblante turbio resultó ser el Jean Jacques Carrel que acompañara a Hawkins, y tenía estrecho parentesco con "el bersaglière". Los dos eran montañeros atrevidos, aunque Jean Antoine

fuese incomparablemente superior a su camarada. Con el tiempo pude comprobar que era el mejor escalador que he visto jamás, y también el único hombre que se negaba persistentemente a aceptar la derrota y seguía creyendo, a pesar de todos los fracasos, que la enorme montaña no era inaccesible y que

podía ser escalada partiendo de su valle natural.

Pasamos la noche sin otras novedades que la abundancia de pulgas, un grupo de las cuales ejecutó un animado fandango sobre mi mejilla, al son de la música que una de ellas producía golpeando mi tímpano con una brizna de heno. Antes de rayar día, los dos Carrel partieron sin ruido. Nosotros no salimos hasta

cerca de las siete, y dejando todas nuestras pertenencias en el establo, seguimos despacio a los Carrel. Cruzamos las laderas, cubiertas de gencianas, que se extienden entre el establo referido y el glaciar du Lion; dejamos atrás prados y vacas y, atravesando yermos pedregosos, llegamos al hielo. Por su lado derecho (nuestra mano izquierda) había capas de nieve endurecida y sobre ella alcanzamos con facilidad la parte más baja del helero. Pero según ascendíamos iban menudeando las grietas, y al fin nos paralizaron algunas de ellas de muy vastas dimensiones. Como nuestra capacidad de bordearlas era limitada, hubimos de buscar un camino más fácil y optamos, naturalmente, por las rocas más bajas de la Tête du Lion, que domina el glaciar por el oeste. Una buena escalada nos llevó en poco tiempo a lo alto de

la arista que desciende hacia el sur. Desde allí hasta la superficie del Col du Lion había una especie de gran escalera natural en la que rara vez era menester emplear las manos. Di al lugar el nombre de la Escalinata. Luego, hubo que bordear los cortados de la Tête du Lion, que se yerguen sobre el corredor de hielo.

Estos pasos varían considerablemente según las estaciones. En 1861 los encontramos dificultosos, porque el tiempo cálido de aquel año había reducido a un nivel menor que el usual el espesor de nieve que se extiende al pie de los cortados. Las rocas quedaban al descubierto donde antes se producía la unión de las nieves con las paredes de roca y había allí pocos salientes y presas para que pudiéramos ayudarnos a subir. No obstante, a las diez y media estábamos en el Col du Lion y dominábamos la magnífica cuenca del glaciar Zmutt. Resolvimos pasar la noche en el Col porque nos encantaba la situación del lugar, aunque, por otra parte, no convenía tomarse muchas libertades allí. Por un lado, una empinada pared dominaba el glaciar Tiefenmatten. Por el otro, abruptas y heladas laderas de endurecida nieve descendían al glaciar du Lion, surcado por cursos de agua y machacado por piedras caídas. Al norte se elevaban la arista y las paredes del Monte Cervino y, al sur, los impresionantes cortados de la Tête du Lion. Arrojamos una botella al glaciar de Tiefenmatten y, al contar los segundos de caída, observamos que el ruido de la caída tardaba doce segundos en llegar a nosotros. ... ¡qué espantoso y vertiginoso es dirigir la mirada a tanta profundidad! Pero, ni por aquella parte ni por la otra, ningún mal podía sobrevenirnos. Y tampoco parecía verosímil que llegase peligro por el lado de la Tête du Lion, cuyos precipicios dominaban nuestro punto de descanso.

Durante un buen rato, bañados por el sol, estuvimos viendo y oyendo a los Carrel, que trepaban, más arriba que nosotros, por la arista que conducía hacia la cumbre. Después, a mediodía, bajamos al establo, recogimos nuestra tienda y demás efectos y, aunque muy cargados, volvimos a estar en el collado antes de las seis.

La tienda que teníamos, construida en Londres por Francis Galton, no resultó muy apropiada. En Inglaterra nos había parecido excelente, pero en los Alpes resultó inútil por completo. Estaba hecha de lona ligera y se abría en forma de cortina. Se sostenía por medio de dos bastones de alpinista (alpens-tocks) (12), y sus costados eran suficientemente largos para poder doblarse hacia el interior. Las numerosas cuerdas que pendían de la parte inferior debían afirmarse con piedras. Pero la solidez de la tienda dependía especialmente de una cuerda que pasaba por su parte superior y, sujetando los dos bastones por anillas de hierro, se afirmaba en el suelo por medio de clavijas. El viento que soplaba en torno a las cercanas rocas penetraba por la abertura de la tienda como a través de un soplete; los ribetes de lona no permanecían en su lugar; las clavijas no afirmaban nada; y, en conjunto, todo el armatoste daba tan obvios indicios de querer volar e ir a posarse en la Dent Blanche, que nos pareció prudente plegarlo y sentarnos encima. Al llegar la noche nos envolvimos en la lona y procuramos acomodarnos lo mejor que las circunstancias permitían (13).

Reinaba un silencio impresionante. No había ningún ser viviente en las proximidades de nuestro solitario vivac; los Carrel habían regresado y se hallaban fuera de nuestro alcance auditivo; las piedras habían dejado de caer, y el agua que goteaba durante el día, había dejado de murmurar.

Con su líquido labio aquella música que fuera compañera de nosotros, llegando en nuestra vida solitaria hasta tener un casi humano tono... (14).

El frío pronto fue atroz. Se heló el agua en una botella que yo mantenía bajo mi cabeza. No era esto nada sorprendente, pues nos hallábamos en plena nieve y en situación tal que el menor viento nos afectaba. Dormitamos un rato, pero a cosa de media noche sonó, en lo alto, una especie de tremenda explosión que nos produjo un instante de mortal inquietud. Una gran masa de rocas se había desprendido y avanzaba hacia nosotros. Mi guía se levantó, se retorció las manos y exclamó:

—¡Oh Dios mío! ¡Estamos perdidos!

Oíamos masa tras masa despeñándose por los precipicios, rebotando de acantilado en acantilado, entrechocando sus piedras. El alud parecía cercano, aunque, probablemente, estaba distante, y algunos pedruscos que cayeron en aquel mismo momento desde las rocas próximas, agudizaron mi alarma. Mi

desmoralizado compañero pasó el resto de la noche en un continuo temblor, prorrumpiendo en exclamaciones como:

"¡Terrible!", y otros adjetivos.

Al rayar el día emprendimos la ascensión de la arista suroeste de la montaña. Había cesado la marcha despreocupada con las manos en los bolsillos, y cada paso tenía que ganarse escalando literalmente. Pero era una escalada placentera. Las rocas resultaban firmes y sin fragmentos sueltos; las presas eran convenientes, aunque no abundantes, y nada teníamos que temer —así lo pensábamos—, como no fuera a nosotros mismos. En ocasiones gritábamos para despertar los ecos de las alturas. Nunca había respuesta inmediata porque allí todo sucede a escala superlativa. Contábamos hasta doce y entonces llegaban los ecos, devueltos por las paredes de la Dent d’Hérens, sitas a varias millas de distancia. Los sonidos acudían impolutos, blandos, musicales y suaves. Otras veces nos parábamos a mirar. Dominábamos ya la

Tête du Lion y nada se nos interponía en el camino —salvo la Dent d’Hérens, cuya cima aún estaba a menos de quinientos metros sobre nosotros—. La cordillera de los Alpes Graios aparecía cual un océano de montañas, señoreadas por sus tres gran des picos: la Grívola, el Gran Paradiso y la Tour du Grand St.

Pierre. ¡Qué delicados y, a la par, qué rotundos aparecían a aquella temprana hora! Las nieblas del mediodía no habían empezado a levantarse aún; no había nada que oscureciera el cielo y el puntiagudo Viso, distante unos cincuenta kilómetros, se recortaba en lontananza perfectamente. Volviéndonos al este veíamos los oblicuos rayos del sol sobre los campos de nieve del Monte Rosa. Incluso las zonas de sombra estaban radiantes de la luz reflejada, y tenían un brillo mucho más intenso que lo que un pincel humano pueda reproducir. Las suaves ondulaciones creaban nuevas sombras dentro de las sombras, y allí donde piedras o masas de hielo caídas habían abierto surcos, se acumulaban las masas sombreadas con varios tonos, cada una con un lado oscuro y otro iluminado y, dentro de éstos, infinitas graduaciones de incomparable delicadeza. El sol, alzándose silencioso, revelaba incontables e insospechados perfiles: los de blandas ondulaciones que señalaban grietas ocultas y oleadas de movediza nieve. El fulgor solar originaba de minuto en minuto más luces y nuevas sombras, centelleaba en los lomos de los crestones, chispeaba en las aristas de los carámbanos, brillaba en las alturas e iluminaba las profundidades. Y, al fin, tornándolo todo resplandeciente, hacía que los ojos, deslumbrados, buscaran reposo en las sombras de los riscos. Apenas hacía una hora que habíamos salido del Col cuando llegamos a la Chimenea. Ésta resultó ser un lugar formado por una roca lisa que, en ángulo considerable, se extendía entre paredones no menos lisos (15). Mi compañero intentó subir y, tras situar su corpachón en muy ridículas posiciones, dijo que le era  imposible. Y si le parecía difícil, era porque él quería que lo fuera. Como prueba, yo, tras alguna dificultad, conseguí ascender y, entonces, tendiéndole el extremo de nuestra cuerda, tiré de él hacia arriba. Pero, en su torpeza, apenas se ayudó en nada, y por mi parte, lo hallé harto pesado para poder subirlo a pulso. Tras varios intentos, desanudó la cuerda y dijo tranquilamente que pensaba volverse para abajo. Le dije que era un cobarde, y él, a su vez, expresó la opinión que yo le merecía. Le reté a que descendiese a Breuil y dijera que había abandonado a su monsieur en la montaña; y, por toda contestación, se volvió y empezó a regresar. Entonces hube de beber el cáliz de la humildad y pedir al guía que volviera, porque, aunque no era difícil escalar en aquel paso (nada peligroso habiendo otro hombre al pie), el descenso ya variaba, pues el borde inferior, angosto sobre la escarpada pendiente, tenía un aspecto amenazante. Hacía un día espléndido; el sol derramaba un beneficioso calor; el viento había cesado; el camino parecía despejado y no se avistaba ningún obstáculo insuperable; pero ¿qué me cabía hacer yendo solo? Estuve un largo tiempo enfurecido ante aquel inesperado contratiempo y pasé, irresoluto, un mal rato. Mas, como era obvio que la Chimenea era un cauce natural para los aludes, me volví al fin, descendí con ayuda de aquel compañero y retorné con él a Breuil, adonde llegamos al mediodía.

Los Carrel no aparecieron. Supe que no habían alcanzado gran altura (16) y que el "amigo", habiéndose quitado las botas por comodidad, había perdido una de ellas, teniendo que regresar con un pie descalzo, sin otra protección que una cuerda anudada en torno. Pero a pesar de ello, ambos hombres se deslizaron audazmente por el Corredor du Lion, para lo que el amigo de Carrel había tenido que envolverse con un pañuelo el pie descalzo.

El Monte Cervino no fue asaltado de nuevo en 1861. Partí de Breuil con la convicción de que era inútil que una persona sola intentase atacar la montaña. Me persuadí de que allí los escaladores tenían que ser al menos dos, para apoyarse el uno al otro en caso necesario. Me despedí, pues, de mi guía (17) en el Col

de Théodule, anhelando más que antes cumplir la ascensión y resuelto a volver con un compañero para poner sitio a la montaña hasta que ella o nosotros fuéramos vencidos.

 

1. Nota del traductor. Whymper había llevado a término pocas semanas antes la primera ascensión al Pelvoux en el Dauphiné. Tuvo que hacer dos intentos: en el primero se vio obligado a retroceder porque le fallaron los guías del país; en cambio, pocos días más tarde repitió el intento formando cordada con el inglés Reginald Macdonald y culminaron la cima.

2. Nota del traductor. La entonces insignificante aldea montañesa de Breuil tenía que hacerse famosa en el futuro precisamente por estar al pie del Cervino. En la actualidad está enclavada en la importante área de esquí italiana llamada Cervinia.

3. Nota del traductor. Concretamente, el Cervino tiene 4.477,5 m. Prácticamente es una pirámide cuadrangular, con cuatro caras y cuatro aristas, situada en la frontera del Valais (Suiza) al Norte y con el valle de Aosta (Italia) al Sur. En Italia, le llaman Cervino por su relativo parecido con el cuerno de un ciervo. Y en Suiza le llaman Matterhorn o sea "Cuerno de Matt" (Matt es el nombre del valle suizo, donde está también Zermatt). En Italia, como en los otros países de lengua latina (Francia, España, etc.) llaman a esta montaña Cervino, mientras que en Suiza y países de lengua sajona (Alemania, Inglaterra, etc.) la llaman Matterhorn. La arista italiana (SO) siempre se ha llamado arista del Leone, mientras que la arista suiza (NE) se denomina arista de Hörnli. Las otras dos aristas son: Zmutt (NO) y Furggen (SO). Naturalmente, todas sus aristas han sido escaladas en la actualidad como también han sido vencidas todas sus caras, por muchas vías y en todas las épocas del año. Mas, pese a todo ello, el Cervino, visto desde donde se vea, sigue siendo una montaña que impone.

4. Nota del traductor. En encuestas modernas de alpinismo se ha incluido el Cervino en la corta lista de "las montañas más bellas del mundo" (K-2, Alpamayo, Cervino, Macchapuchare, Mont Blanc, Grandes Jorasses).

5. Nota del traductor. Lugar donde hoy se asienta el refugio-hotel de Hörnli, a 3.260 m, base de la ascensión por la arista suiza de Hörnli. 

6. Nota del traductor. Es la arista del Leone.

7. Nota del traductor. Hoy, la perspectiva es muy diferente de como lo era en el siglo XIX. Desde Zermatt los turistas pueden ver perfectamente y con toda tranquilidad el Cervino, mientras suben en los distintos teleféricos y ferrocarriles de montaña modernos que antes no existían. Y por ello pueden disfrutar plenamente de la gran vista, que antiguamente tenía que quedar mermada por el esfuerzo y la dificultad de la subida a pie por los viejos caminos.

8. Nota del traductor. El Dom de Mischabel es la montaña más alta situada enteramente en territorio suizo (es decir, sin formar frontera con otro país). Tiene 4.545 m y está situada sobre Tasch, al NE de Zermatt.

9. Nota del autor. Hablando en rigor no había en el valle, por entonces, guías propiamente dichos; sólo los cazadores se prestaban a ello. Eran de las familias Pression y Pelissier.

10 Nota del autor. Macmillan, 1861.

11 Nota del autor. Más tarde, el pico pequeño recibió el nombre de Tête du Lion. La brecha se llama ahora Col du Lion; glaciar du Lion es el helero que hay en su base y el corredor que une el glaciar con la brecha.

12 Nota del autor. Bastones con punta de hierro bastante largos, usados a fin de siglo por los escaladores.

13 Nota del traductor. En el año 2002 no podemos reprimir un comentario sobre la descripción de este tipo de tienda de campaña, cuando hoy se fabrican tiendas de casi 1 kg y muy fáciles de montar. ¡Pero debemos tener gran respeto ante la dureza de los alpinistas antecesores a nuestros días!

14 Nota del autor. Poesía de J. G. Whittier.

15 Nota del autor. Hawkins mencionó ese lugar como notablemente difícil, pero téngase en cuenta que él lo encontró cubierto de hielo y nosotros no.

16 Nota del autor. Jean Antoine Carrel me dijo después que habían llegado a una altura considerablemente mayor que las de sus anteriores intentos, unos 75 ó 90 metros más que la lograda por el profesor Tyndall en 1860. En 1862 hallé las iniciales de J. A. Carrel grabadas en una roca en el lugar donde él y su amigo iniciaron el descenso.

17 Nota del autor. Aquel hombre acreditó ser útil y complaciente en terreno más bajo. Me acompañó espontáneamente un buen trecho, separándose mucho de su camino, y no quiso aceptar paga ni gratificación alguna.

 

Una lección has de aprender: probar,

probar, probar de nuevo.

Si no consiguieres vencer, probar,

probar, probar de nuevo. Así

mostrarás tu valor y, si sabes

perseverar, vencerás, no sientas temor.

¡Probar, probar, probar de nuevo!

HICKSON

 

01 de octubre de 2005