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LA CONQUISTA DEL
CERVINO
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Cuánta fuerza
tuvo que ser
necesaria
para destruir y eliminar las
partes que
faltan de las montañas!
Ésta no la
vemos rodeada de montones
de
fragmentos, pues sólo divisamos
otros picos,
como ella arraigados
en la tierra
y cuyos lados, igualmente
cortados,
indican la desaparición de
una inmensa
masa de residuos. En
los
contornos, estos residuos en
forma hoy de
guijarros, piedras y
arena llenan
valles y llanuras.
HORACE
BENEDICT DE SAUSSURE
1861
Mi Primer Intento de Escalar el Monte
Cervino.
En los Alpes
había dos cumbres que, por permanecer vírgenes
aún, excitaban mi admiración. Una de ellas fue objeto de
repetidos intentos de buenos montañeros, sin resultado. La otra,
rodeada de una tradición de montaña imposible, apenas había
sufrido asaltos. Estas cumbres eran el Weisshorn y el Monte
Cervino, llamado Matterhorn en Suiza.
Yo había
visitado en 1861 el gran macizo del Dauphiné, y
después pasé diez días errando por los valles vecinos, con el propósito
de intentar el ascenso a las dos referidas cumbres. Corrían
rumores de que el primero había sido ya alcanzado y de que el
segundo iba a ser el objetivo de un asedio desde Italia. Tales
rumores se confirmaron cuando llegué a Châtillon, a la entrada
de Valtournanche. Así, mi interés por el Weisshorn cesó, pero en
cambio, aumentaron mis deseos de escalar el Cervino al saber
que mi compatriota el profesor Tyndall estaba en Breuil y quería
coronar su primera victoria con esta otra, aún mayor.
Hasta el
momento mis experiencias en cuestión de guías no
habían sido afortunadas y, por tanto, me inclinaba a estimar
en poco su valía. Los guías no dejaban de parecerme gentes que
servían sólo para indicar los caminos a costa de consumir mucha
bebida y pedir mucha comida; fuera de esto, para muy poca cosa
más. Recordaba mi caso en el Monte Pelvoux y hubiera preferido,
allí, la compañía de un par de compatriotas míos a la de cualquier
número de guías (1).
Esta vez me
acompañaba un hombre del país, pero él mismo me
había dicho, honradamente, que no era muy experimentado
en la montaña. Por esta causa en Châtillon solicité otro
guía y comparecieron una serie de sujetos cuyos rostros
expresaban malicia, envidia, soberbia, odio y
truhanería de todo género, como desprovistos de
cualquier buena cualidad. Entonces llegaron dos
viajeros con un guía del cual se afirmaba era el hombre
más adecuado para intentar la escalada del Cervino. Pude
contratarlo y creí innecesario el servicio de los otros. Aquel
guía resultó ser hombre de gran corpulencia. Pero
en realidad, no logré exactamente lo que deseaba,
y lo que sí tuve fueron gastos superfluos al
hacerme cargo de los sueldos de sus anteriores
clientes y del precio de dos días de regreso, y total para nada,
porque me dejó antes de llegar al pie del Cervino.
Antes de
llegar a Breuil —la última aldea del valle—, pregunté
por otro guía entendido, y los buenos conocedores, al unísono,
me indicaron que Jean Antoine Carrel, del pueblecillo de
Valtournanche, pasaba por el más experto del valle en tal
sentido. Busqué a Carrel y me hallé ante un
hombre bien conformado,
de resuelta
apariencia, cuya presencia atraía, aunque con
cierto aire provocador. Le llamaban "el bersaglière" porque
había estado en este cuerpo del ejército italiano.
Carrel me
inspiró confianza y estaba dispuesto a acompañarme
con la condición de cobrar veinte francos diarios, fuera
cual fuese el resultado del intento. Además, me obligaba a
contratar también a un amigo suyo. Asentí en el
precio e inquirí el motivo de la segunda
exigencia. Contestó que era imposible realizar
la empresa
sin otro hombre. Mientras hablaba así, surgió un
hombre de semblante torvo que resultó ser el amigo de Carrel.
Me gustó muy poco y puse objeciones a lo que me imponían. Se
rompieron las negociaciones y yo proseguí con mi único
acompañante hacia Breuil, lugar muy pequeño pero
de gran importancia, que se hallaba al pie del
extraordinario pico cuya ascensión quería yo
intentar (2).
Es
innecesario que describa ahora minuciosamente el
Monte Cervino, dado lo mucho que se ha escrito sobre tan famosa
cumbre. Las personas que lean este libro sabrán, sin duda, que
dicho monte se eleva unos 4.480 metros sobre el nivel del mar
y que su cima campea sobre cuatro laderas muy abruptas (que
pueden, con justicia, denominarse paredes o precipicios). La
cumbre está a unos 1.500 metros por encima de los glaciares
que rodean su base (3).
Sabrá también
el lector que el Cervino era el último gran pico
alpino que permanecía inescalado, y ello era no tanto por la
dificultad de conseguirlo como por el temor que inspiraba su
aspecto realmente impresionante. Era como si estuviera rodeado
de una barrera invisible más allá de la cual fuera imposible el
paso. Existía la creencia de que, dentro de aquella línea, se
hallaban unos seres misteriosos, como gnomos
maléficos, el "judío errante" y las almas de los
condenados... Los supersticiosos naturales de los
valles contiguos creían firmemente en estos seres, y
además estaban convencidos de que el Cervino era el monte más
alto, no ya de los Alpes, sino del mundo. Y algunos aseguraban
que en la cumbre existía una ciudad en ruinas, todavía habitada
por espíritus. Si te reías oyéndolos, movían la cabeza con
gravedad, anunciando que si lográbamos subir ya
veríamos las torres y murallas de la supuesta
población, y daban advertencias contra la
tenacidad de acercarse bruscamente a la montaña, añadiendo
que los demonios de aquellas inexpugnables alturas podían
tomar enfurecida venganza por nuestra poca fe.
Así eran las
tradiciones de la gente de la región. Incluso
mentalidades sólidas padecían el influjo de la maravillosa forma
del Cervino, y hombres que ordinariamente hablaban y escribían
como seres racionales, parecían perder el seso al mirar el
Cervino, y olvidando la formación lógica de las montañas, se
entregaban a declamaciones y expresiones rapsódicas. Cien años
antes, el discreto Saussure ya se entusiasmó viendo la montaña,
e inspirado por su aspecto, se anticipó a las especulaciones de
posteriores geólogos y escribió las impresionantes frases con que
he encabezado este capítulo.
El Monte
Cervino ofrece un aspecto igual de imponente
desde cualquier lado que se le mire. Nunca deja de parecer
extraordinario. En este sentido, y en el de la impresión que
causa a quienes lo ven, ocupa un lugar aparte en materia de
montañas. Ninguna de los Alpes rivaliza con ella, y pocas hay en
el mundo que se le puedan comparar
(4).
Los 2.000 ó
2.500 metros de altura que alcanza el pico sobre
el valle, comprenden varias pendientes con aristas bien
definidas y otras muchas que no lo son tanto.
La más continua es la que conduce hacia el nordeste
(Suiza). En su parte más alta se halla la cumbre del monte, y la
arista baja bruscamente hasta un pico menor, llamado Hörnli,
situado en su extremo más bajo (5).
Otra arista muy pronunciada desciende desde
la cumbre hacia el Suroeste, llamada Furggengrat;
el segundo crestón de la montaña. La ladera comprendida
entre esas dos aristas citadas es la llamada falda oriental.
Una tercera arista, algo menos continua que las otras, desciende
en dirección suroeste. Entre este lomo del monte y el
Furggengrat se extiende la parte del Cervino que se ve desde
Breuil (6). Tal parte no
se compone de una ladera vasta, sino que está
quebrada por una serie de grandes paredones rocosos separados
por zonas de nieve y con canalizos llenos de nieve también.
La tercera
arista del monte, la que mira al glaciar Zmutt,
no permite tan sencilla definición: tiene precipicios aparentes,
aunque no reales; precipicios absolutos; precipicios que parecen
colgar sobre la ladera; glaciares comunes; glaciares colgados;
glaciares que elevan grandes seracs de hielo
sobre escarpaduras mayores aún y cuyos fragmentos
se desprenden, se precipitan, se truecan de nuevo
en parte del glaciar. Tiene aristas hendidas por
los hielos que, desgastadas por las lluvias y fundidas por las nieves,
se convierten en agujas y pináculos... Por
todas partes resuenan allí incesantes crujidos, delatores
de que aún se hallan en plena actividad las causas que empezaron
a operar desde el principio del mundo, reduciendo masas
poderosas a átomos y rebajando gradualmente, las montañas.
La mayoría de
los visitantes ven por primera vez la montaña
desde el valle de Zermatt o desde el de Valtournanche.
Desde el primer lugar mencionado, se divisa la base de la montaña
en su parte más estrecha, y así, faldas y paredes parecen
prodigiosamente pinas. Los turistas caminan con esfuerzo valle
arriba,
buscando a menudo la grandiosa perspectiva que ha de
recompensar sus afanes. Pero no la ven porque, por esta
dirección, la montaña sólo se avista por primera
vez a cosa de una milla al norte de Zermatt. De
repente, al doblar un rocoso recodo del camino,
la montaña surge, aunque no en el sitio que se la
espera, y ha de alzarse el rostro para contemplarla
(7).
En tal instante,
el Cervino parece elevarse casi a plomo sobre
quien lo admira. Ésta es la impresión que se recibe; pero, de
hecho, la cumbre del Cervino forma, respecto a la vista, un
ángulo menor de dieciséis grados. En cambio,
desde el mismo lugar, el Dom
(8)
forma un ángulo mayor, aunque ello
pasa inadvertido en una impresión visual, si no
se mide con aparatos de exactitud. La misma
montaña, vista desde Breuil o Valtournanche, por
Italia, es igual de grandiosa, pero causa inferior sensación, porque
el espectador se ha acostumbrado a verla según ha ido subiendo
por el valle. Visto desde esta dirección, el Cervino se muestra
dividido en una serie de masas piramidales como
enormes escalones.
Por otro lado
es de notar la vasta e ininterrumpida sucesión de cortados
que presenta el monte y la sencillez de sus contornos.
Era, pues,
natural suponer que se hallaría más facilidad de
paso hacia la cúspide subiendo por las laderas italianas, que por
las suizas. La cara oriental, la que da a Zermatt, parece una
superficie lisa e inaccesible desde la base a la cumbre, y los
tremendos precipicios que miran al glaciar Zmutt
impiden todo intento en esa dirección. En
consecuencia sólo quedaba el lado de
Valtournanche y Breuil, y como se verá, todos los intentos iniciales
se realizaron por aquella parte. Los
primeros intentos de ascender al Monte Cervino
habían sido, según mis referencias, llevados a cabo por guías —o, mejor
dicho, por cazadores— de Valtournanche
(9).
Tales intentos
se realizaron en 1858-59, partiendo desde Breuil, y el punto
más alto que se alcanzó vino a ser el lugar que nosotros
llamaríamos más tarde la
Chimenea, a unos 3.900 metros de altitud. En esas
expediciones intervinieron Jean Antoine Carrel, Jean
Jacques
Carrel, Víctor Carrel, el Abbé Gorret y Gabriel Maquignaz. No
pude obtener, ni logré más tarde saber detalles
sobre tales
intentos.
El asalto
siguiente fue muy notable, y no hay tampoco sobre él
ningún relato publicado. Lo realizaron, en julio de 1860,
los hermanos
Alfred, Charles y Sandbach Parker, de Liverpool. Estas
personas, sin ayuda de guías, trataron de asaltar la montaña
por su
vertiente suiza, a la que me referí describiéndola como
una
superficie lisa e impracticable en aparienca. El señor
Sandbach
Parker me informó de que él y sus hermanos siguieron
la arista que
nacía en el Hörnli y seguía hacia la cumbre del monte, hasta
un punto donde el ángulo ascendente se acrecienta de modo
considerable. Tal punto está marcado en el mapa de
Suiza hecho
por Dufour con la altura de 3.298 metros. Desde allí, los
hermanos hubieron de torcer algo a la izquierda, entrando
en la pared
este de la montaña y, girando luego a la derecha, subieron unos
doscientos diez metros más, manteniéndose en la arista
mientras les era posible. De vez en cuando se tenían que
desviar un
poco a la izquierda, esto es, hacia la cara este, la lisa
de la
montaña.
Los Parker
habían salido de Zermatt sin propósito de pasar la noche
fuera. Las nubes, los fuertes vientos y la falta de tiempo
impidieron a
aquellos hombres audaces continuar más allá. El punto más
alto que alcanzaron se hallaba a menos de 3.700 metros.
El tercer
intento de escalar la montaña lo efectuó, a fines de agosto de
1860, el señor Vaughan Hawkins (quien, ignorando los
anteriores intentos de escalada, habla del suyo como del
primero).
Partió del lado de Valtournanche. En "Vacaciones de
Turismo"
(10)
Hawkins da un vívido relato de su
intento. Éste intento lo ha
citado varias veces el profesor Tyndall en las numerosas
publicaciones
con que ha contribuido a la literatura alpina, y por ello
pasaré sobre esto tan concisamente como pueda. El señor
Hawkins había inspeccionado el Monte Cervino en 1859 con
el guía J. J. Bennen, llegando a creer que la arista
suroeste, la
italiana, les conduciría directamente a la cumbre.
Ajustó los
servicios de J. Jacques Carrel, que había participado en
el primer
intento y, acompañado además por Bennen y por el profesor
Tyndall (a quien Hawkins había invitado a participar en
la
expedición), salió con el propósito de salvar la brecha que
mediaba entre
el picacho anterior y la cumbre
(11).
Bennen era un
guía suizo de quien por entonces se empezaba a hablar.
Durante la mayor parte de su breve carrera estuvo al servicio
de Wellig, entonces propietario de la fonda situada
sobre el
Eggishorn; Wellig cedía a Bennen a los turistas. Realmente
la
experiencia de Bennen era limitada pero había adquirido buena
reputación.
Tengo a la vista (por amabilidad del señor F. F. Tuckett,
su
propietario) el libro de los servicios de aquel guía, y todos los
comentarios
de los clientes demuestran que quienes lo empleaban
le tenían en
estima. Era hombre de buena traza, de maneras corteses
y señoriles,
diestro y audaz. Hubiera podido sobresalir entre los guías de
haber poseído más prudencia. Murió miserablemente,
en la
primavera de 1864, en una montaña llamada Haut de Cry,
en el Valais,
no lejos de su propia casa.
El grupo de
Hawkins, guiado por Bennen, escaló las rocas adosadas al
Corredor du Lion por el Sur y alcanzó el Col du Lion,
no sin
dificultad. Siguiendo la arista del suroeste, ganó el punto
al que habían
llegado los anteriores exploradores, la Chimenea, y subió unos
cien metros más. Allí se detuvieron Hawkins y J. J.
Carrel,
mientras Tyndall y Bennen ascendían todavía algunos
más. Pero a
la media hora se retiraron, juzgando que tenían poco
tiempo, y en
el descenso siguieron el camino que habían llevado
a la subida,
continuando esta vez hacia Breuil por el Corredor du
Lion y no por
las rocas que salvaran antes. La
descripción de Hawkins permite identificar con facilidad
el punto a
que llegaron entonces. Su altura es de 3.962 metros sobre
el nivel del mar. Opino que Bennen y Tyndall, en
el corto rato
que estuvieron separados de sus compañeros, no debieron
subir más de quince o dieciocho metros, porque aquel
paraje es de
los más difíciles de la montaña. Así, esta expedición
logró una
ganancia de cien a ciento veinte metros lineales sobre
la anterior.
Que yo sepa,
Hawkins no repitió el intento. El siguiente fue también
de los hermanos Parker, en julio de 1861. De nuevo
partieron de
Zermatt y, por la ruta recorrida el año anterior, ascendieron
algo más. Pero, detenidos otra vez por la falta de
tiempo,
regresaron a Zermatt, de donde se fueron al poco tiempo
obligados por
el mal estado atmosférico, y ya no renovaron sus intentos.
El señor Parker me aseguró más tarde: "No llegamos,
en modo
alguno, tan arriba como pudiéramos haber llegado. Desde el
punto en que emprendimos el regreso divisábamos una trepada
fácil por espacio de unas decenas de metros. Más allá,
parecían crecer las dificultades". Puedo pensar que ambos
intentos
fueron emprendidos como simples excursiones, con miras a
precisar si había posibilidades de realizar por aquel lado
nordeste un
intento serio, mejor preparado.
Mi guía y yo
llegamos a Breuil el 28 de agosto de 1861, y supimos que
el profesor Tyndall había examinado la montaña en todas
direcciones. A mí me parecía —a pesar de ser un novicio
— que escalar
la montaña en veinticuatro horas era cosa difícil.
Mi propósito,
pues, era pernoctar al raso lo más arriba que se pudiera y
alcanzar la cumbre al siguiente día. Nos
esforzamos en hallar un hombre más para acompañarnos,
pero sin
éxito. Estaban allí entonces Matthias zum Taugwald y
otros guías bien conocidos, mas se negaron en redondo
a ir con
nosotros. Un hombre recio y de edad, llamado Peter
Taugwalder
dijo que iría... ¡por doscientos francos! Le pregunté
si cobraría
lo mismo tanto si llegábamos como si no, y repuso que tal era
su condición y que no iría por menos.
En resumen,
todos los guías más o menos capaces para la escalada
mostraban fuerte tendencia a no acompañarnos, tendencia
que guardaba
mucha proporción con sus capacidades respectivas. Cuando no se
negaban, pedían un precio prohibitivo. Digamos de
una vez que ésa era la razón del fracaso, hasta el
momento, de
los intentos de trepar el Monte Cervino. Los guías
buenos eran
llevados, uno tras otro, al pie de la montaña y se les
procuraba
persuadir para que subiesen, pero todos declinaban
participar en
el asunto (con la excepción de Bennen). Y la causa
consistía en
que todos, menos uno a quien ahora me referiré, juzgaban
enteramente inaccesible la cumbre de aquella gran montaña.
Resolvimos ir
solos y, suponiendo que pasaríamos frío durante la
noche, pedimos dos mantas prestadas al posadero. Éste nos las
negó, con el curioso argumento de que nosotros habíamos
comprado una botella de coñac en un establecimiento
distinto al
suyo. Al parecer, su regla era ésta: o se le compra a él
el coñac o no
presta mantas. Mas no las
necesitamos aquella noche, porque dormimos en el más
alto de los establos de vacas que hay en el valle y que
está como una
hora más próximo a la montaña que la posada. Los vaqueros eran
gente amable, rara vez molestados por los turistas,
y acogieron
nuestra compañía con placer e hicieron todo lo posible
para
facilitarnos comodidades. Sacaron sus repuestos de víveres
sencillos y
nosotros nos sentamos con ellos en torno a una humeante
vasija de cobre que colgaba sobre la lumbre, y escuchamos
las
advertencias que, con voz ruda y buen propósito, nos
daban acerca
de los peligros de los embrujados precipicios.
Al anochecer
vimos, moviéndose por la ladera, las figuras de Jean
Antoine Carrel y su amigo, el de semblante turbio.
—¡Hola!
—dije— ¿Se han arrepentido ustedes?
—Se engaña
usted.
—Entonces,
¿qué hacen aquí?
—Vamos a
subir mañana a la montaña nosotros mismos.
—Entonces ya
veo que no es necesario ser más de tres.
—Para
nosotros no.
Admiré su
osadía y me sentí fuertemente tentado a contratar sus
servicios, pero, al fin, decidí no hacerlo. El amigo de
semblante
turbio resultó ser el Jean Jacques Carrel que acompañara
a Hawkins, y
tenía estrecho parentesco con "el bersaglière".
Los dos eran
montañeros atrevidos, aunque Jean Antoine
fuese
incomparablemente superior a su camarada. Con el tiempo
pude
comprobar que era el mejor escalador que he visto jamás, y
también el único hombre que se negaba persistentemente
a aceptar la
derrota y seguía creyendo, a pesar de todos los fracasos,
que la enorme montaña no era inaccesible y que
podía ser
escalada partiendo de su valle natural.
Pasamos la
noche sin otras novedades que la abundancia de pulgas, un
grupo de las cuales ejecutó un animado fandango sobre mi
mejilla, al son de la música que una de ellas producía
golpeando mi
tímpano con una brizna de heno. Antes de rayar día, los dos
Carrel partieron sin ruido. Nosotros no salimos hasta
cerca de las
siete, y dejando todas nuestras pertenencias en el
establo,
seguimos despacio a los Carrel. Cruzamos las laderas,
cubiertas de
gencianas, que se extienden entre el establo referido
y el glaciar
du Lion; dejamos atrás prados y vacas y, atravesando
yermos
pedregosos, llegamos al hielo. Por su lado derecho
(nuestra mano
izquierda) había capas de nieve endurecida y sobre ella
alcanzamos con facilidad la parte más baja del helero.
Pero según
ascendíamos iban menudeando las grietas, y al fin nos
paralizaron algunas de ellas de muy vastas dimensiones.
Como nuestra
capacidad de bordearlas era limitada, hubimos de buscar un
camino más fácil y optamos, naturalmente, por las rocas más
bajas de la Tête du Lion, que domina el glaciar por el
oeste. Una
buena escalada nos llevó en poco tiempo a lo alto de
la arista que
desciende hacia el sur. Desde allí hasta la superficie
del Col du
Lion había una especie de gran escalera natural en la
que rara vez
era menester emplear las manos. Di al lugar el nombre
de la
Escalinata. Luego, hubo que bordear los cortados de la
Tête du Lion,
que se yerguen sobre el corredor de hielo.
Estos pasos
varían considerablemente según las estaciones. En 1861 los
encontramos dificultosos, porque el tiempo cálido de
aquel año había reducido a un nivel menor que el usual
el espesor de
nieve que se extiende al pie de los cortados. Las rocas
quedaban al descubierto donde antes se producía la unión
de las nieves
con las paredes de roca y había allí pocos salientes
y presas para
que pudiéramos ayudarnos a subir. No obstante, a las diez y
media estábamos en el Col du Lion y dominábamos la
magnífica
cuenca del glaciar Zmutt. Resolvimos pasar la noche
en el Col
porque nos encantaba la situación del lugar, aunque,
por otra
parte, no convenía tomarse muchas libertades allí. Por
un lado, una
empinada pared dominaba el glaciar Tiefenmatten. Por el otro,
abruptas y heladas laderas de endurecida nieve descendían
al glaciar du
Lion, surcado por cursos de agua y machacado por piedras
caídas. Al norte se elevaban la arista y las paredes
del Monte
Cervino y, al sur, los impresionantes cortados de la Tête du
Lion. Arrojamos una botella al glaciar de Tiefenmatten
y, al contar
los segundos de caída, observamos que el ruido de la
caída tardaba
doce segundos en llegar a nosotros. ... ¡qué
espantoso y vertiginoso es dirigir la
mirada a tanta profundidad! Pero, ni por
aquella parte ni por la otra, ningún mal podía sobrevenirnos. Y tampoco parecía verosímil que llegase peligro
por el lado
de la Tête du Lion, cuyos precipicios dominaban nuestro punto
de descanso.
Durante un
buen rato, bañados por el sol, estuvimos viendo y oyendo a
los Carrel, que trepaban, más arriba que nosotros, por
la arista que
conducía hacia la cumbre. Después, a mediodía, bajamos
al establo,
recogimos nuestra tienda y demás efectos y, aunque
muy cargados,
volvimos a estar en el collado antes de las seis.
La tienda que
teníamos, construida en Londres por Francis
Galton, no resultó muy apropiada. En Inglaterra nos
había
parecido excelente, pero en los Alpes resultó inútil por
completo.
Estaba hecha de lona ligera y se abría en forma de cortina.
Se sostenía
por medio de dos bastones de alpinista (alpens-tocks)
(12),
y sus costados eran suficientemente largos para poder
doblarse
hacia el interior. Las numerosas cuerdas que pendían de
la parte
inferior debían afirmarse con piedras. Pero la solidez de
la tienda
dependía especialmente de una cuerda que pasaba por
su parte
superior y, sujetando los dos bastones por anillas de hierro,
se afirmaba
en el suelo por medio de clavijas. El viento que
soplaba en torno a las cercanas rocas penetraba por la
abertura de la tienda como a través de un soplete;
los ribetes
de lona no permanecían en su lugar; las clavijas no
afirmaban
nada; y, en conjunto, todo el armatoste daba tan obvios
indicios de querer volar e ir a posarse en la Dent Blanche,
que nos
pareció prudente plegarlo y sentarnos encima. Al llegar
la noche nos
envolvimos en la lona y procuramos acomodarnos lo mejor que
las circunstancias permitían (13).
Reinaba un
silencio impresionante. No había ningún ser viviente en
las proximidades de nuestro solitario vivac; los Carrel habían
regresado y se hallaban fuera de nuestro alcance auditivo; las
piedras habían dejado de caer, y el agua que goteaba
durante el
día, había dejado de murmurar.
Con su
líquido labio aquella música que fuera compañera de nosotros,
llegando en nuestra vida solitaria hasta tener un casi
humano
tono... (14).
El frío
pronto fue atroz. Se heló el agua en una botella que
yo mantenía
bajo mi cabeza. No era esto nada sorprendente, pues nos
hallábamos en plena nieve y en situación tal que el
menor viento
nos afectaba. Dormitamos un rato, pero a cosa de media noche
sonó, en lo alto, una especie de tremenda explosión
que nos
produjo un instante de mortal inquietud. Una gran masa de rocas
se había desprendido y avanzaba hacia nosotros. Mi guía se
levantó, se retorció las manos y exclamó:
—¡Oh Dios
mío! ¡Estamos perdidos!
Oíamos masa
tras masa despeñándose por los precipicios, rebotando de
acantilado en acantilado, entrechocando sus piedras.
El alud
parecía cercano, aunque, probablemente, estaba distante, y
algunos pedruscos que cayeron en aquel mismo momento desde
las rocas próximas, agudizaron mi alarma. Mi
desmoralizado
compañero pasó el resto de la noche en un continuo
temblor,
prorrumpiendo en exclamaciones como:
"¡Terrible!",
y otros adjetivos.
Al rayar el
día emprendimos la ascensión de la arista suroeste
de la
montaña. Había cesado la marcha despreocupada con las
manos en los
bolsillos, y cada paso tenía que ganarse escalando literalmente.
Pero era una
escalada placentera. Las rocas resultaban firmes y sin
fragmentos sueltos; las presas eran convenientes, aunque
no
abundantes, y nada teníamos que temer —así lo pensábamos—,
como no fuera
a nosotros mismos. En ocasiones gritábamos para despertar los
ecos de las alturas. Nunca había respuesta inmediata
porque allí
todo sucede a escala superlativa. Contábamos hasta
doce y
entonces llegaban los ecos, devueltos por las paredes de la
Dent
d’Hérens, sitas a varias millas de distancia. Los sonidos acudían
impolutos,
blandos, musicales y suaves. Otras veces
nos parábamos a mirar. Dominábamos ya la
Tête du Lion
y nada se nos interponía en el camino —salvo la Dent
d’Hérens, cuya cima aún estaba a menos de quinientos
metros sobre
nosotros—. La cordillera de los Alpes Graios aparecía
cual un océano de montañas, señoreadas por sus tres gran
des picos: la Grívola, el Gran Paradiso y la Tour du Grand St.
Pierre. ¡Qué
delicados y, a la par, qué rotundos aparecían a aquella
temprana
hora! Las nieblas del mediodía no habían empezado a levantarse
aún; no había nada que oscureciera el cielo y el puntiagudo
Viso, distante unos cincuenta kilómetros, se recortaba
en lontananza
perfectamente. Volviéndonos
al este veíamos los oblicuos rayos del sol sobre los
campos de nieve del Monte Rosa. Incluso las zonas de
sombra
estaban radiantes de la luz reflejada, y tenían un brillo
mucho más
intenso que lo que un pincel humano pueda reproducir.
Las suaves
ondulaciones creaban nuevas sombras dentro de las sombras,
y allí donde piedras o masas de hielo caídas habían
abierto
surcos, se acumulaban las masas sombreadas con varios
tonos, cada
una con un lado oscuro y otro iluminado y, dentro de
éstos,
infinitas graduaciones de incomparable delicadeza. El sol,
alzándose
silencioso, revelaba incontables e insospechados perfiles:
los de
blandas ondulaciones que señalaban grietas ocultas y
oleadas de
movediza nieve. El fulgor solar originaba de minuto en
minuto más
luces y nuevas sombras, centelleaba en los lomos de
los
crestones, chispeaba en las aristas de los carámbanos, brillaba
en las
alturas e iluminaba las profundidades. Y, al fin, tornándolo
todo
resplandeciente, hacía que los ojos, deslumbrados, buscaran
reposo en las
sombras de los riscos. Apenas hacía
una hora que habíamos salido del Col cuando llegamos a la
Chimenea. Ésta resultó ser un lugar formado por una roca lisa
que, en ángulo considerable, se extendía entre paredones no
menos lisos
(15).
Mi compañero intentó subir y, tras situar su
corpachón en muy ridículas posiciones, dijo que le era
imposible. Y
si le parecía difícil, era porque él quería que lo
fuera. Como
prueba, yo, tras alguna dificultad, conseguí ascender
y, entonces,
tendiéndole el extremo de nuestra cuerda, tiré de él hacia
arriba. Pero, en su torpeza, apenas se ayudó en nada,
y por mi
parte, lo hallé harto pesado para poder subirlo a pulso.
Tras varios
intentos, desanudó la cuerda y dijo tranquilamente
que pensaba
volverse para abajo. Le dije que era un cobarde, y
él, a su vez,
expresó la opinión que yo le merecía. Le reté a que
descendiese a
Breuil y dijera que había abandonado a su monsieur
en la
montaña; y, por toda contestación, se volvió y empezó
a regresar.
Entonces hube de beber el cáliz de la humildad y pedir al guía
que volviera, porque, aunque no era difícil escalar
en aquel paso
(nada peligroso habiendo otro hombre al pie), el descenso ya
variaba, pues el borde inferior, angosto sobre la escarpada
pendiente, tenía un aspecto amenazante. Hacía un día
espléndido; el sol derramaba un beneficioso calor; el
viento había cesado; el camino parecía despejado y no
se avistaba
ningún obstáculo insuperable; pero ¿qué me cabía hacer yendo
solo? Estuve un largo tiempo enfurecido ante aquel
inesperado
contratiempo y pasé, irresoluto, un mal rato. Mas,
como era
obvio que la Chimenea era un cauce natural para los
aludes, me
volví al fin, descendí con ayuda de aquel compañero
y retorné con
él a Breuil, adonde llegamos al mediodía.
Los Carrel no
aparecieron. Supe que no habían alcanzado gran altura
(16)
y que el "amigo", habiéndose quitado
las botas por comodidad,
había perdido una de ellas, teniendo que regresar con
un pie
descalzo, sin otra protección que una cuerda anudada en
torno. Pero a
pesar de ello, ambos hombres se deslizaron audazmente
por el
Corredor du Lion, para lo que el amigo de Carrel había tenido
que envolverse con un pañuelo el pie descalzo.
El Monte
Cervino no fue asaltado de nuevo en 1861. Partí de Breuil con
la convicción de que era inútil que una persona sola
intentase atacar la montaña. Me persuadí de que allí los
escaladores
tenían que ser al menos dos, para apoyarse el uno al
otro en caso
necesario. Me despedí, pues, de mi guía
(17)
en el Col
de Théodule,
anhelando más que antes cumplir la ascensión y resuelto a
volver con un compañero para poner sitio a la montaña
hasta que
ella o nosotros fuéramos vencidos.
1. Nota
del traductor. Whymper había llevado a término pocas semanas antes
la primera ascensión al Pelvoux en el Dauphiné.
Tuvo que hacer dos intentos: en el primero se vio obligado a retroceder
porque le fallaron los guías del país; en cambio,
pocos días más tarde repitió el intento formando cordada con el inglés
Reginald Macdonald y culminaron la cima.
2. Nota
del traductor. La entonces insignificante aldea montañesa de Breuil
tenía que hacerse famosa en el futuro precisamente
por estar al pie del Cervino. En la actualidad está enclavada en
la importante área de esquí italiana llamada
Cervinia.
3. Nota
del traductor. Concretamente, el Cervino tiene 4.477,5 m.
Prácticamente es una pirámide cuadrangular, con
cuatro caras y cuatro aristas, situada en la frontera del Valais (Suiza)
al Norte y con el valle de Aosta (Italia) al Sur.
En Italia, le llaman Cervino por su relativo parecido con el cuerno de
un ciervo. Y en Suiza le llaman Matterhorn o sea
"Cuerno de Matt" (Matt es el nombre del valle suizo, donde está también
Zermatt). En Italia, como en los otros países de
lengua latina (Francia, España, etc.) llaman a esta montaña Cervino,
mientras que en Suiza y países de lengua sajona
(Alemania, Inglaterra, etc.) la llaman Matterhorn. La arista italiana
(SO) siempre se ha llamado arista del Leone,
mientras que la arista suiza (NE) se denomina arista de Hörnli. Las
otras dos aristas son: Zmutt (NO) y Furggen (SO).
Naturalmente, todas sus aristas han sido escaladas en la actualidad como
también han sido vencidas todas sus caras, por
muchas vías y en todas las épocas del año. Mas, pese a todo ello, el
Cervino, visto desde donde se vea, sigue siendo
una montaña que impone.
4. Nota
del traductor. En encuestas modernas de alpinismo se ha incluido el
Cervino en la corta lista de "las montañas más
bellas del mundo" (K-2, Alpamayo, Cervino, Macchapuchare, Mont Blanc,
Grandes Jorasses).
5. Nota
del traductor. Lugar donde hoy se asienta el refugio-hotel de Hörnli,
a 3.260 m, base de la ascensión por la arista
suiza de Hörnli.
6. Nota
del traductor. Es la arista del Leone.
7. Nota
del traductor. Hoy, la perspectiva es muy diferente de como lo era
en el siglo XIX. Desde Zermatt los turistas
pueden ver perfectamente y con toda tranquilidad el Cervino, mientras
suben en los distintos teleféricos y ferrocarriles
de montaña modernos que antes no existían. Y por ello pueden
disfrutar plenamente de la gran vista, que antiguamente
tenía que quedar mermada por el esfuerzo y la dificultad de la
subida a pie por los viejos caminos.
8. Nota
del traductor. El Dom de Mischabel es la montaña más alta situada
enteramente en territorio suizo (es decir, sin
formar frontera con otro país). Tiene 4.545 m y está situada sobre Tasch,
al NE de Zermatt.
9. Nota
del autor. Hablando en rigor no había en el valle, por entonces,
guías propiamente dichos; sólo los cazadores se
prestaban a ello. Eran de las familias Pression y Pelissier.
10 Nota
del autor. Macmillan, 1861.
11 Nota
del autor. Más tarde, el pico pequeño recibió el nombre de Tête du
Lion. La brecha se llama ahora Col du Lion; glaciar du
Lion es el helero que hay en su base y el corredor que une el glaciar
con la brecha.
12 Nota
del autor. Bastones con punta de hierro bastante largos, usados a
fin de siglo por los escaladores.
13 Nota
del traductor. En el año 2002 no podemos reprimir un comentario
sobre la descripción de este tipo de tienda de campaña,
cuando hoy se fabrican tiendas de casi 1 kg y muy fáciles de montar.
¡Pero debemos tener gran respeto ante la
dureza de los alpinistas antecesores a nuestros días!
14 Nota
del autor. Poesía de J. G. Whittier.
15 Nota
del autor. Hawkins mencionó ese lugar como notablemente difícil,
pero téngase en cuenta que él lo encontró cubierto de
hielo y nosotros no.
16 Nota
del autor. Jean Antoine Carrel me dijo después que habían llegado a
una altura considerablemente mayor que las de sus
anteriores intentos, unos 75 ó 90 metros más que la lograda por el
profesor Tyndall en 1860. En 1862 hallé las
iniciales de J. A. Carrel grabadas en una roca en el lugar donde él y su
amigo iniciaron el descenso.
17 Nota
del autor. Aquel hombre acreditó ser útil y complaciente en terreno
más bajo. Me acompañó espontáneamente un buen
trecho, separándose mucho de su camino, y no quiso aceptar paga ni
gratificación alguna.

Una lección
has de aprender: probar,
probar,
probar de nuevo.
Si no
consiguieres vencer, probar,
probar,
probar de nuevo. Así
mostrarás tu
valor y, si sabes
perseverar,
vencerás, no sientas temor.
¡Probar,
probar, probar de nuevo!
HICKSON
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