10/01/05

 

EL PRIMERO DE LA CUERDA

 

PROLOGO

El PRIMERO DE LA CUERDA ("Premier de Cordée" en su original francés) ha sido, sin ninguna clase de duda, la primera novela de montaña, el primer relato de ambiente alpinista que ha  aparecido, basado en unos acontecimientos más o menos inventados, pero por completo relacionados con los Alpes. Concretamente describen las montañas del ámbito del Mont Blanc y la población de Chamonix. Esta ciudad en 1925 ya empezaba a tener una importante categoría turístico-alpinista, precursora –en sus propias calles y en sus propios habitantes– de la enorme carga de valores humanos relacionados con la montaña que ha llegado a tener en la actualidad.

El hilo de la novela es muy sencillo: los problemas físicos y psíquicos de un montañero para poder llegar a ser guía de montaña, ligado todo ello con un muy ligero motivo amoroso entre él y una muchachita del mundo montañés clásico, siempre a la sombra del Mont Blanc. Pero este tan liviano argumento deja adivinar e infunde al lector el gran interés por la montaña y el enorme empuje económico que iba a llevar en tiempos futuros a Chamonix el influjo del Mont Blanc: los hoteles, la organización de los guías, los salvamentos, las técnicas de escalada, los refugios, los teleféricos... Roger Frison Roche ha sido un gran escritor de motivos de montaña.

Nacido en París en 1906 se trasladó a Chamonix a los diecisiete años empujado por su vocación al alpinismo. Allí se hizo esquiador y monitor de esquí y fue el primer guía de montaña no oriundo del valle y aceptado como tal entre los guías de la zona. Sin duda de ninguna clase ha sido el gran divulgador del alpinismo, de los guías alpinos y de Chamonix, su tierra de adopción. Murió en Chamonix en 1999, después de una larguísima vida vinculada siempre a la montaña.

Frison Roche ha escrito varios libros, pero ninguno tiene la fuerza de EL PRIMERO DE LA CUERDA, del cual se han vendido en el mundo muchísimos miles de ejemplares, traducidos a muchas lenguas. Y leyendo el libro parece fácil reconocerle a él mismo, descrito en la persona de un muchachito de dieciséis años que se mueve en el ambiente de los guías, que trepa como un mono y que hace los menesteres que se le encomiendan, con tal de ser útil a todos. Las fechas, el carácter, el lugar, la edad y el espíritu coinciden. Han pasado muchos años desde la escena de esta novela (1925) y desde la época en que Frison Roche escribió el libro (1941). Pero el ambiente de cumbres, refugios, montañeros, técnicas, cuerdas, niveles y piolets es el mismo, porque la montaña es eterna.

EL PRIMERO DE LA CUERDA será también el libro eterno de los amantes de la montaña.

 

CAPITULO 1: EL NACIMIENTO DE UNA VOCACIÓN.

 

El día 1 de septiembre los dos alpinistas habían salido de Courmayeur a primera hora de la mañana, cuando el rocío nocturno se evapora de los enormes tejados de pizarra gris. Caminaron a buen paso por la carretera de Entrèves hasta alcanzar y dejar atrás esta pequeña aldea, adormecida todavía dentro de sus verdes alrededores. Allí, entre dos bajas vallas de piedra seca, se inicia el camino del Col du Géant, que serpentea graciosamente de una propiedad a otra, aunque respetando las exigencias de la naturaleza. A aquella hora matutina los establos dejaban salir hacia prados y caminos los rebaños de ganado, cuyos animales, surgían con los cuernos alzados y los hocicos humeantes. Los campesinos trabajaban en los campos minúsculos, arrancados durante siglos a la dura pendiente mediante pedregosos taludes. Al paso de los dos hombres interrumpían un momento su tarea, levantaban la cabeza con el busto todavía medio encorvado y, sin soltar la herramienta, les miraban con atención. Éstos saludaban cortésmente.

–¡Buenos días!

–¡Bonne course! –respondían los campesinos.

Más arriba ya no había campos cultivados y el camino entraba en el bosque de alerces. El valle parecía ensancharse ya, y el rugido del Doire se esparcía más libremente por el aire. Los montañeros se detuvieron en el primer recodo, donde el camino ya se enfrentaba de pronto con la montaña. (...)  Deberían tener en cuenta la solidez... Mira estas manos, chaval...¿Tú crees que ya no pueden tomar las presas..? Las manos de "El Rojo" nunca se han soltado, ¿lo oyes...? ¡ni siquiera en la Aiguille Sans Nom, el día en que un bloque de trescientos kilos estuvo a punto de hacerme papilla y sostuve a toda la cordada con la fuerza de este puño!

–Ya sé que en todo el valle no hay dedos como los suyos, tío. Sabemos todos que usted es muy fuerte; bien lo he podido comprobar estos días. Pero, ¿qué quiere usted? es la ley... hay que someterse al reglamento... Además, no dejará usted la montaña, ya que el Presidente del Club Alpino le ofrece el puesto de guarda del refugio de Couvercle.

–Basta, muchacho no hables más de esto... Es demasiado triste para un hombre de cumbres ir a acabar mis días en una cabaña, despertando a todos y preparándoles el té para que los otros guías y los monchus que salen de excursión salgan a escalar.

–Perdón tío, no he querido entristecerle.

–Bueno, coge tu mochila y adelante.

José Ravanat llamado "El Rojo", gloria de la montaña francesa, conocido como "el guía de los reyes y el rey de los guías", estaba finalizando su última gran ascensión. A los sesenta años la Compagnie des Guides de Chamonix; cumpliendo el reglamento, jubilaba automáticamente a sus guías y les suprimía el turno y la inscripción. Aunque seguían conservando su título de guía ya no tenían derecho a ejercer, a inscribirse en la Oficina, ni a tomar el turno que le correspondiera, para llevar a los clientes a las montañas ¡Inexorable ley de la montaña que reclama a hombres siempre jóvenes, siempre fuertes, para servir-la bien! Y Ravanat, que se sentía aún en la plenitud de sus facultades, se indignaba y quejaba como un viejo lobo de mar al que arrancaran brutalmente de su barca. ¡Casi hubiera preferido haberse despeñado en plena acción en el curso de una de las numerosas "primeras", que señalaban gloriosamente las etapas de su carrera!

Los dos hombres reemprendieron su silenciosa marcha. El viejo iba delante, con la espalda encorvada, sólidamente apoyada su mano derecha en su piolet, y con la mano izquierda bajo el tirante de la mochila, a la altura del sobaco para aliviar en algo el peso sobre los hombros. Pedro Servettaz le seguía, adoptando su paso al de su tío, seguro de que caminando así, llegarían al refugio sin fatiga y antes de que se hiciera de noche. Un alpinista novato se hubiera sorprendido al observar su ligereza con la seguridad que los dos montañeros ponían el pie sobre las carcomidas piedras del camino, suavidad que chocaba con sus movimientos generalmente lentos. No hacían rodar ninguna piedra y los clavos de sus botas penetraban en la tierra dando la impresión de una adherencia total. El de más edad caminaba en silencio con la mirada fija algunos metros delante de él, atento a no alterar el ritmo de su marcha. Su rostro, quemado por el sol, curtido por la tormenta y cincelado por largos años de vida ruda y ascética, no estaba humedecido por la más mínima gota de sudor: hacía mucho tiempo que no tenía ya nada que sudar. Era un rostro curioso, de un moreno rojizo con unos ojos claros, vivos y maliciosos, hundidos en las órbitas, protegidos por unas enormes cejas rojas de una movilidad extrema, que un tic movía sin cesar de arriba abajo como si fueran postizas. Tenía hermosos bigotes de corsario berberisco, que alisaba siempre con gesto maquinal, y que no desentonaban de este conjunto que denotaba una lejana ascendencia sarracena. Su largo y huesudo cuerpo parecía tallado a golpes de hacha, y sus manos eran verdaderas palas, nudosas, peludas por el dorso –siempre con los mismos pelos rojos, sembradas de pecas, con las extremidades de los dedos gastadas y agrietadas, peladas por la roca. Unas manos, como se complacía siempre en repetir, que no habían soltado jamás una presa de roca (...).

01 de octubre de 2005