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PROLOGO
El PRIMERO DE
LA CUERDA ("Premier de Cordée" en su original
francés) ha sido, sin ninguna clase de duda, la primera
novela de montaña, el primer relato de ambiente alpinista que ha
aparecido, basado en unos acontecimientos más o menos inventados,
pero por completo relacionados con los Alpes. Concretamente
describen las montañas del ámbito del Mont Blanc
y la población de Chamonix. Esta
ciudad en 1925 ya empezaba a tener una importante
categoría turístico-alpinista, precursora –en sus propias calles
y en sus propios habitantes– de la enorme carga
de valores humanos relacionados con la montaña
que ha llegado a tener en la actualidad.
El hilo de la
novela es muy sencillo: los problemas físicos y psíquicos
de un montañero para poder llegar a ser guía de montaña,
ligado todo ello con un muy ligero motivo amoroso entre él y una
muchachita del mundo montañés clásico, siempre a la sombra del
Mont Blanc. Pero este tan liviano argumento deja adivinar e
infunde al lector el gran interés por la montaña
y el enorme empuje económico que iba a llevar en
tiempos futuros a Chamonix el influjo del Mont
Blanc: los hoteles, la organización de los guías, los salvamentos,
las técnicas de escalada, los refugios, los teleféricos...
Roger Frison Roche ha sido un gran escritor de motivos de
montaña.
Nacido en
París en 1906 se trasladó a Chamonix a los diecisiete
años empujado por su vocación al alpinismo. Allí se hizo
esquiador y monitor de esquí y fue el primer guía de montaña no
oriundo del valle y aceptado como tal entre los guías de la zona.
Sin duda de ninguna clase ha sido el gran
divulgador del alpinismo, de los guías alpinos y
de Chamonix, su tierra de adopción. Murió en Chamonix
en 1999, después de una larguísima vida vinculada siempre
a la montaña.
Frison Roche
ha escrito varios libros, pero ninguno tiene la fuerza
de EL PRIMERO DE LA CUERDA, del cual se han vendido en el
mundo muchísimos miles de ejemplares, traducidos a muchas
lenguas. Y leyendo el libro parece fácil
reconocerle a él mismo, descrito en la persona de
un muchachito de dieciséis años que se mueve en
el ambiente de los guías, que trepa como un mono y que hace los
menesteres que se le encomiendan, con tal de ser útil a todos.
Las fechas, el carácter, el lugar, la edad y el
espíritu coinciden. Han pasado muchos años desde
la escena de esta novela (1925) y desde la época
en que Frison Roche escribió el libro (1941). Pero
el ambiente de cumbres, refugios, montañeros, técnicas, cuerdas,
niveles y piolets es el mismo, porque la montaña es eterna.
EL PRIMERO DE
LA CUERDA será también el libro eterno de los
amantes de la montaña.
CAPITULO 1: EL NACIMIENTO
DE UNA VOCACIÓN.
El
día 1 de septiembre los dos alpinistas habían salido de
Courmayeur
a primera hora de la mañana, cuando
el rocío nocturno se evapora de los enormes
tejados de pizarra gris. Caminaron a buen paso
por la carretera de Entrèves hasta alcanzar y dejar atrás esta pequeña
aldea, adormecida todavía dentro de sus verdes alrededores. Allí,
entre dos bajas vallas de piedra seca, se inicia
el camino del Col du Géant, que serpentea
graciosamente de una propiedad a otra, aunque respetando
las exigencias de la naturaleza. A aquella hora matutina los
establos dejaban salir hacia prados y caminos los
rebaños de ganado, cuyos animales, surgían con
los cuernos alzados y los hocicos humeantes. Los
campesinos trabajaban en los campos minúsculos, arrancados durante
siglos a la dura pendiente mediante pedregosos taludes. Al paso
de los dos hombres interrumpían un momento su
tarea, levantaban la cabeza con el busto todavía
medio encorvado y, sin soltar la herramienta, les
miraban con atención. Éstos saludaban cortésmente.
–¡Buenos
días!
–¡Bonne
course!
–respondían los campesinos.
Más arriba ya
no había campos cultivados y el camino entraba en
el bosque de alerces. El valle parecía ensancharse ya, y el rugido del
Doire se esparcía más libremente por el aire.
Los montañeros se detuvieron en el primer recodo, donde el
camino ya se enfrentaba de pronto con la montaña.
(...) Deberían tener en cuenta la solidez... Mira estas
manos, chaval...¿Tú crees que ya no pueden tomar las presas..? Las manos
de "El Rojo" nunca se han soltado, ¿lo oyes...?
¡ni siquiera en la Aiguille Sans Nom, el día en
que un bloque de trescientos kilos estuvo a punto
de hacerme papilla y sostuve a toda la cordada con la fuerza
de este puño!
–Ya sé que en
todo el valle no hay dedos como los suyos, tío.
Sabemos todos que usted es muy fuerte; bien lo he podido comprobar
estos días. Pero, ¿qué quiere usted? es la ley... hay que
someterse al reglamento... Además, no dejará
usted la montaña, ya que el Presidente del Club
Alpino le ofrece el puesto de guarda del refugio
de Couvercle.
–Basta,
muchacho no hables más de esto... Es demasiado triste
para un hombre de cumbres ir a acabar mis días en una cabaña,
despertando a todos y preparándoles el té para
que los otros guías y los monchus
que salen de excursión salgan
a escalar.
–Perdón tío,
no he querido entristecerle.
–Bueno, coge
tu mochila y adelante.
José Ravanat
llamado "El Rojo", gloria de
la montaña francesa, conocido como "el guía de
los reyes y el rey de los guías", estaba finalizando
su última gran ascensión. A los sesenta años la Compagnie des
Guides de Chamonix; cumpliendo el reglamento, jubilaba
automáticamente a sus guías y les suprimía el
turno y la inscripción. Aunque seguían
conservando su título de guía ya no tenían derecho a ejercer,
a inscribirse en la Oficina, ni a tomar el turno que le
correspondiera, para llevar a los clientes a las
montañas ¡Inexorable ley de la montaña que
reclama a hombres siempre jóvenes, siempre fuertes, para servir-la bien!
Y Ravanat, que se sentía aún en la plenitud de sus facultades,
se indignaba y quejaba como un viejo lobo de mar al que
arrancaran brutalmente de su barca. ¡Casi hubiera
preferido haberse despeñado en plena acción en el
curso de una de las numerosas "primeras", que
señalaban gloriosamente las etapas de su carrera!
Los dos hombres reemprendieron su
silenciosa marcha. El viejo iba delante, con la
espalda encorvada, sólidamente apoyada su mano
derecha en su piolet, y con la mano izquierda bajo el tirante de la
mochila, a la altura del sobaco para aliviar en algo el peso
sobre los hombros. Pedro Servettaz le seguía,
adoptando su paso al de su tío, seguro de que
caminando así, llegarían al refugio sin fatiga y antes
de que se hiciera de noche. Un alpinista novato se hubiera
sorprendido al observar su ligereza con la
seguridad que los dos montañeros ponían el pie
sobre las carcomidas piedras del camino, suavidad
que chocaba con sus movimientos generalmente lentos. No
hacían rodar ninguna piedra y los clavos de sus botas penetraban
en la tierra dando la impresión de una adherencia
total. El de más edad caminaba en silencio con la
mirada fija algunos metros delante de él, atento
a no alterar el ritmo de su marcha. Su rostro,
quemado por el sol, curtido por la tormenta y cincelado por
largos años de vida ruda y ascética, no estaba humedecido por la
más mínima gota de sudor: hacía mucho tiempo que no tenía ya
nada que sudar. Era un rostro curioso, de un moreno rojizo con
unos ojos claros, vivos y maliciosos, hundidos en
las órbitas, protegidos por unas enormes cejas
rojas de una movilidad extrema, que un tic movía
sin cesar de arriba abajo como si fueran postizas. Tenía hermosos
bigotes de corsario berberisco, que alisaba siempre con gesto
maquinal, y que no desentonaban de este conjunto que denotaba
una lejana ascendencia sarracena. Su largo y huesudo cuerpo
parecía tallado a golpes de hacha, y sus manos
eran verdaderas palas, nudosas, peludas por el
dorso –siempre con los mismos pelos rojos,
sembradas de pecas, con las extremidades de los dedos gastadas y
agrietadas, peladas por la roca. Unas manos, como se complacía
siempre en repetir, que no habían soltado jamás una presa de roca
(...). |